¡Maravillosas las noches de liberación que suceden siempre al fin!¡Siempre vienen acompañadas de un viento manso y tibio, algo ensoñador! Se ven a los hombres y mujeres saltando lírica mente por todas las calles, donde en cada casa sale una persona con un ánimo festivo y cordial. Los niños son acostados en sus camitas y la oscuridad maternal y arrulladora los duerme y los cuida. Los estudiantes se despojan de sus uniformes, cuyos colores rígidos y apáticos son expulsados por natura. Estos se desnudan, mostrando sus cuerpos jóvenes y erguidos; huelen a flores acuáticas. La música suena en cada lugar con fuerza y ,por esto, los tristes forasteros agachan la cabeza, al ver que lo festivo no se acoge a ellos. El libido hace de las suyas, pues cada hombre desea a una mujer con deseo ardiente y cada mujer arde en sí misma, como una antorcha troyana antes de la destrucción. Al danzar al son de la música, sus cuerpos se adhieren y rozan en un baile jadeante. El don de Dionisos fluye con fuerza, de copa en copa, de vaso en vaso. El vértigo alcohólico es fuerte deshinibido, casi culposo. Un beso tibio e inocente nace para dar cavida a una primavera inocente y depravada. Varios corazones explotan de amor y algunas miradas lloran de dolor. La pasión quema con violencia y con hambre. El éxtasis, al fin, fluye y queda el gozo bendito e increíble, incansable. Los adolecentes enamorados se separan con júbilo amoroso. Un gato los espía desde las aceras. El cielo está cubierto con nubes siniestras y maduras. Un trueno frio asusta a los soñadores. La tierra seca bebe el agua que cae en gotas gordas y condensadas. Cada hombre duerme bajo un techo: son felices y esperan con optimismo el próximo día; que será diferente a todos los días anteriores, porque el último día de sus antiguas vidas ya lo vivieron.
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