1870
Querido amor:
"Te saludo con el fin de contarte las desgracias que le han acaecido a mi hermano Vincent. En un principio, cuando llegué, él se veía sano y dominador de su vida. A cada conversación le admiraba más y más, con motivo de sus apasionadas posturas acerca de la vida y de sus críticas satíricas a todas mis opiniones. No olvides que era yo, como hermano mayor, quien le zahería de niño y él, por ello, callaba siempre. Para estos días, anexos a mi visita, Vincent trabaja en un cuadro al que quiere llamar "Sí, comiendo patatas": un cuadro triste a mi parecer, pero lleno de vigor y viveza. Al verlo, libre de compromisos que tú ya conoces, me maravillaba de verle contemplativo pensativo frente a su obra. Siempre o casi siempre lo veía embadurnado de pintura en su rubia barba. Jamás cambió ese tono parco y serio que siempre le acompañó, aunque cuando revisaba su obra tenía alegría en su mirada, una mirada inquieta y juguetona. En las noches, mientras bebíamos té o infusiones de cocoa, hablábamos a gusto durante tres o cuatro horas. Le preguntaba de dónde provenía tanto gozo en su vida y él me decía asiduamente que estaba encontrando a la divina virtud en esa obra: nunca le entendí. Sin embargo, todo empezó a cambiar en el invierno - por esos cortos días, era poco o nada lo que yo hacía- en vista que dejó mi hermano de hablarme y se volvió huraño. Aún continuaba pintando en la misma gana de antes, pero sentía yo que mundo se arrugaba como un papel inútil. Verbigracia, me levantaba a guarnecerme y lo veía dormido en su cama; sólo hasta mi regreso, a las catorce, lo volvía a ver: todavía dormía. Le preguntaba entonces por su salud y él me respondía con evasivas; lo examinaba contra su voluntad y determinaba su buen estado físico. Poco a poco comenzó a marchitarse y al final del invierno dejó de pintar. Imaginé acabado el cuadro, mas falsa fue mi ilusión, teniendo en cuenta que los contenidos de las figuras tenían aún sus colores "de primera mano": cafés pardos y pardos muy oscuros. Diez días después ya no comía este desdichado y sólo bebía las infusiones, ¡magro se puso y lánguido después! Su cuarto comenzó a heder por una bolsa de basura no desechada. Un buen día no despertó en la mañana, con todo sus ojos estaban a la vista, con ella enfocada al cielo. Era un animalillo con neumonía y devorado por los parásitos, te confieso. A pesar de todo, me recibía la cocoa y por ello no moría, de inedia.
Así, por ello, te aviso que no podré regresar a casa pronto. Te pido que ahorres y que dispongas de la renta del señor Schöteiner y de Van Mouter, para con ello mantener a los niños. Envíame tus consejos, pues más madre no puedes ser, yo la esperaré.
Con amor...
Tu Theo Van Gogh

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