CUENTO SIETE

sábado, 11 de octubre de 2008
CUENTO SIETE
Como lo determiné, como lo vi venir, ella se fue de mi lado y me dejó solo. El paraíso, el sereno paraíso, se ve solo y deslucido. Únicamente puedo ver un naranjo fofo, cuyas espinas largas y verdes se entrecruzan, cual cristales figurados en un cubo de hielo. Junto a él, existe una cercada área de pasto de origen ordinario, el cual casi siempre se me presenta bajo y aplastado. Más allá, veo siete caminos que hollan las cercanías de la cepa del naranjo: uno dirige el paso de sur a norte; dos dirige de oriente a Occidente; tres, de sur oriente a noroccidente – luego, este camino invita a los viajantes hasta el oasis- ; cuatro, de noroccidente a sur – un ingenioso cívito quiso hacer el camino para solazarse hasta el oasis, buscando algún sombrajo en el naranjo, luego el camino recto lo sacaba-; cinco, de nororiente a nororiente – un camino que nunca existió-; seis, de oriente a sur- un camino previsible teniendo en cuenta que el hombre tiende ha hacer corto todos los trechos: los espaciales y aquellos creados en la abstracción- y siete, de oriente a sur, después, de sur a occidente, más tarde de occidente a norte y de nuevo de norte a oriente –propio, y típico de aquellos que no quisieran abandonar este lugar, aquellos quienes caminan en círculos, fascinados con los ocres, los índigos, los glaucos y los ampos que pintan este lugar, el oasis. No así, todos terminan yéndose de mi lado -seguramente tienen sus razones para hacerlo-, como mi golondrina que olía a toronjil, la cual un día tuvo el llamado apremiante de su pareja y me abandonó. El cielo hace desfilar decenas de nubes ensoñadoras, de cuyo discurrir noto cuan viejo soy. La vida, la poca vida que me acompaña, nace, crece y se embellece. Ésta perfuma mi entorno y poetiza los vientos que cruzan este espacio vital, sin quedarse ellos nunca conmigo. Me gustaría preguntarles sobre su edad, su procedencia. Me gustaría preguntarles porqué mueven las hojas de las margaritas, que adornan los márgenes de los siete caminos, en la vespertina. También me gustaría preguntarles si saben de mi origen. Mas soy un tronco torpe y mudo que no recuerda más que a su golondrina en silencio. La vida que me acompaña, la poca que queda deja de embellecerse y se aquieta: sus colores pierden lustre y también se vuelven sobrios. Ningún visitante puede destruirla, ya que nadie se esmera por descubrirla. Creo, ahora bien, que seguramente habrá atractivos más primorosos lejos de acá, más allá de la línea del rosicler. Al final, todo muere, hablo de la poca vida que me acompaña, y sólo quedo yo, inmemorialmente. Hubo algunos tiempos en que me sentí acompañado cuando de mí al suelo cayeron volúmenes fungosos, seriamente amarillos, cuyo olor era dulce y deleitoso. Creí que nacería vida de mí, pero murieron y se mezclaron con la tierra. Hay perdí casi toda la esperanza de sentirme acompañado, hasta aquel día de briznas tibias cuando ella, mi golondrina, llegó a una de mis ramas. Me hizo feliz porque me cantaba, me contaba historias sobre otros lugares y me acariciaba cuando llovía. Ella jugaba con mis hojas, saltando graciosamente. Con todo, se fue en maravillosos y hermoso vuelo, olvidando que había un tronco que necesitaba tenerle cerca para escucharla cantar.

0 comentarios: