FANTASÍA UNO

sábado, 29 de noviembre de 2008
Toda mi vida he reflexionado sobre lo que me rodea. Siempre sentí una curiosidad simple por la vida: lo inanimado, lo alegre, lo melancólico, lo triste, lo injusto y lo justo. Nunca declararé que fui un niño feliz porque realmente no lo fui. De ningún modo acuso a mi madre por ello, ya que ella siempre trató de darme toda la felicidad que pudo, mas ella siempre tuvo la suerte de espaldas. De hecho, creo que ella y mi hermana fueron las únicas que me trataron de darme un poco de amor, si bien sufrían por la vida aciaga. De mi padre, no hablaré nada porque yo quiero eliminarlo de mi relato. El propósito de este texto es indagar, a través de la seguidilla que cada indicio me lleva a otro indicio, la razón por la cual me es negada la fortuna, por la que he hecho decenas de ardides sin encontrarla.

No creo que yo sea inteligente, mas bien soy bastante torpe. Pierdo las cosas con facilidad, sin saber en dónde llegaron a parar; descanso más de lo necesario mientras el mundo continúa a mis afueras; me dejo pisotear por quien ejerce la fuerza sobre mi consciencia; cayó cuando los otros atropeyan a los que amo y amargo la alegría de los demás porque estoy amargado. La gente me odia porque represento todo lo rechazable y vil, todo lo bajo y lo grotesco, todo lo escaso y cobarde. Sufro, no lo niego, porque algunas veces tengo el arrojo de creer que puedo ser mejor, no obstante la experiencia y el transcurrir de los años, me enseñan que nací débil de espíritu y que poco puedo hacer para cambiarlo.

Sospecho que mucho de mi torpeza me lleva al fracaso, pero señalo a la mala ventura como otro factor de la derrota. Esa misma mala suerte que siguió a mamá y a mi hermana incesantemente me sigue a mí también, como un perro tras el rastro oloroso de la basura. Cuento que mi madre intentó salir de la pobreza mediante trabajo duro y honesto, defecto el mundo se aprovechó de ello y la sometió condenándola a la miseria más tenaz. De mi hermana, en tanto, cuento que está, y siempre lo ha estado, en un frasco de vidrio de un volumen de cuatro litros, cuyo material de composición es vidrio o cristal. Siempre le pregunté a mamá porqué mi hermana fue siempre tan pequeña, fea y deforme; tan despellejada, extraña y débil. Mi madre respondió a esta pregunta con la misma respuesta: "Es que tu hermana jamás tuvo la fortuna de nacer". Ahí, en ese momento de mi infancia, comprendí cuan pobres somos los hombres, que no tienen asegurada ni la vida.


El hado maligno me persiguió por todas partes y un día me quitó a mi madre, esto es, murió en un invierno álgido que congeló hasta el Támesis. El cuerpo de mi madre permaneció en la misma cama donde murió por cuatro días sin sufrir descomposición. Las sábanas que le dieron calor ahora la cubren en un manto de escarcha congelada. Los vecinos, quienes nos odiaban,dieron parte a la policía, la cual levantó el cadáver para traerlo un día después en un cajón de madera cepillada. La enterraron en una fosa común cerca de la lápida de Window. Con ella no quedó ni el cajón, pues ella se fue a los fondos únicamente vestida por una sábana que permitía verle su corporeidad. Entre las sombras y el fin se quedó ella para desaparecer de mi vida.

Como no tuve otra forma de comer y vivir me hice al robo y propúseme ser el mejor en ello. Buscaba siempre los puertos y allí a la madrugada me adentraba en las alacenas de los barcos, cual rata, y robaba todo lo que mis manos podían. Así me hice a vinos que traían de Montpellier y a quesos de Flandes. Los vendía a las cantinas de los suburbios a un costo inferior y los quesos, a las panaderías de la calle One. Con el dinero que ganaba me compraba lo necesario. No obstante, nada de eso me daba el sosiego que necesitaba, pues siempre tenía más hambre y más frío.

Un día me atraparon los marineros de un barco de bandera del reino de Siam y me dieron una tunda de la cual nunca pude pararme, considerando que me quebraron la espalda. De ahí en adelante obtuve una lección de moral por aquellos que no eran ingleses y un defecto aún mayor que me postró en uno de los puertos a pedir dinero. Me volví viejo en este triste oficio y desagradable para todos. Me acompañaba siempre un perro y una manta que cubría mis piernas del frío.

Sin quererlo el mar me regalo su sosiego y su meditación. Un día, de ver el mar, pensé que mi vida fue muy tonta y que desperdicié lo poco que me había dado la esquiva fortuna: la salud. Pensé que si pensaba de esa manera, como lo lograba hacer, no era tan torpe como creía y que si tuviera la juventud que desperdicié y la confianza que ahora conseguía hubiera descubierto que mis vecinos tal vez me hubieran ayudado, hubiera descubierto que existía a quince calles un orfanato y que la pesca era mi oficio.

Viejo soy ya y quisiera que este tesoro que descubrí no se fueran conmigo a la muerte. Alguien, con más sesos que yo, debe leer este texto y pensar para dónde va su vida. Creo que no fue del todo mi vida torpe porque estoy ahora lo más inteligente que jamás hombre pudo poner en este papel.

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