Poco a poco, su ánimo comenzó a decaer de manera inexplicable. Ya no comía
con ganas y todos los alimentos tenían un sabor amargo, casi gutural. Ya no dormía
bien y, cuando lo hacia, sufría por hacerlo. Quería dejar de ir al trabajo, o sea
abandonarlo y abandonar Londres y hasta el Reino Unido. Descuidaba su
vestimenta, pues pensaba que no tenia un fin un lustre fino; aunque también
recordaba sus días de lujo en Ciudad del Cabo, cuando esclavizaba a su hermano
menor y a la empleada de la casa: tenia unos zapatos gastados y roídos en al suela,
sus pantalones mostraban días de suciedad e intemperie, sus cinturones estaban
pelados, en aquellas partes donde la hebilla tocaba el cuero; sus camisas nunca se
mostraban planchadas y sus chaquetas perdían el color negro de antes; estaba muy
lejos de la integridad que tenía en IBM.
Ganapathy había muerto en la más profunda soledad, hacia siete meses, tal como él
lo había presupuestado. Un día el hedor de las cáscaras de plátano llego mezclada
con un intoxicante olor a excremento de vaca; cuando llegó a las narices de sus
vecinos. El extranjero había bebido de un raticida que había encontrado al llegar al
apartamento, bajo un tablón del machihembre de la casa. Seguramente, los antiguos
moradores del lugar lo escondieron, para apartarlo de algún niño, tal vez su o sus
hijos. el veneno que se tomó lo mató en diez minutos, decían las columnas de los
periódicos que inquirían sobre el manejo de las empresas de informáticas en el U.K.
como lo había presupuestado, él empezó a ver su final, alucinando que moriría
congelado en alguna pensión. La desgracia y el pesimismo lo perseguían en sus
sueños, en la labor frente al PILAR, el nuevo ordenador que en realidad no era más
que una copia del HoneyWell, en razón de que el proyecto Atlas fracasó. Se veía
como Kafka, corriendo por laberintos grises y dolorosos. Ya no podía vivir así:
debería encontrar un analgésico que calmase ese extraño estado de fastidio por la
vida o debería renunciar a su vida; aunque se acobardaba solamente al recrear los
tormentos que describe Dante, además todavía guardaba, muy en el fondo, la
esperanza de la dicha artística y amorosa ¿cómo lograrlo?
Un día ya no pudo dormir y sufrió una taticardia que le hizo temer de una posible
locura: ¡Londres lo había logrado, Londres lo había enloquecido! En la oscuridad,
caminaba de un lado para el otro, buscando torpemente esa solución. Lloraba
cuando escuchaba a los cuervos cantando en las ramas de un Plátano de Sombra,
pues pensaba que la muerte lo buscaba, en una cruel burla del destino para
demostrarle que se debe desear con realismo y con el gozo mismo del dolor. El
corazón le golpeaba como un tambor Ganga y una náusea cilíndrica trató de traer a
su boca una masa babosa, putrefacta y ácida de salchichas y blanca Patata Coctel.
una migraña le hacia sentir un pálpito en la frente y un dolor del más mínimo
resplandor de los faros de la calle….
Recuperado, a fuerza de olvido; retorna a International Computers con su integridad
hecha pedazos. El señor Truelock, su jefe en la Casa Solariega, le llama a su oficina
y él va, como un perro o un esclavo negro de Ghana, cuando sus ancestros
comenzaron el tráfico. Truelock relata la historia nefasta de la compañía, desde
hace siete meses cuando Ganapathy (por fin, conoce su nombre) dejo el proyecto.
Aunque aquello, lo contado, sobraba, pues él también sabia la dramática situación

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