CUENTO CINCO
“Al estar en clase de P… sentí una mirada fija en mí. Su efecto era incómodo y perturbador, pues motivada mi curiosidad y rebajaba mi concentración. AL verla, noté que un par de ojos cafés me miraban estáticos, como la postura esbelta de una estatua construida en bronce negro.
Sabía que esa mirada era de V…. Estoy enamorado de ella y ella lo estaría de mí. Es bella, inteligente y compasiva. Así, su cabello era largo y ondulado, además su longitud llega al talle. Su piel es levemente rosada, mostrando en su extensión una pureza pasmosa. Sus labios eran delgados pero provocativos, objeto de mi deseo y resumen de mi afecto. Sus piernas están en armonía con su generosa cadera. De hecho, al ver sus piernas, cuyos contornos son perfectos al juicio de cualquier hombre, siento una gran conmoción. Sus manos son delicadas y suaves; producen un agradable olor a Mentol. Por otro lado, sus gestos llegan más lejos que un simple guiño, mas nunca estos se exageran ridículamente: son suaves y sorpresivos, casi admirables y envidiables. No puedo olvidar, para terminar esta descripción, sus admirables cualidades morales. De hecho, estas no son morales, sino éticas: en ella no nacen reglas por prejuicio o tradición, sino por reflexión e intuición amorosa.
La clase termina y ella viene hacia mí con un contoneo irresistible. Yo al verla le digo:
-¿Cómo estás?-
-Bien, amor ¿Por qué no llamaste a mi celular? Esperé hasta las diez por ella-
-A esa hora venía en el autobús-
La señorita me tomó de la mano y, en soledad, me dio un beso. Nos tomamos de la mano y bajamos hasta el primer piso. Yo pensaba en “polly” y en su vejez. Él me traía a la mente una estrella fugaz: su belleza alabó. Lamento no disfrutar de su gracia y de los años de los cuales estuvo solo en una casa extraña.
Hablé con V… de mi mascota. Ella lamentó el fin que tuvo. Descubrimos un valor en la humildad de un animal, que sin hablar, gestúa. Evaluamos la vida misma. Ella admitía la fatalidad en la mayor parte de la existencia. Yo me apasionaba por sus palabras, que me hacían representar en mi novia a la poetisa del siglo X, Safo.
A…, M… y nosotros caminamos hacia el centro de discografía de la calle el Virrey, en búsqueda de las copias de Historia de la música del siglo XVIII. Entre tantos documentos – diría yo diez y siete en total- hallamos el adagio de Albinoni, la partitura del Cannon de Georg Philip Telemann, La serenata Gli orti esperidi de Incola Porpora, Quinteto, opus 13 nº 5 de Luigi Boccherini, La tempestad del mar de Antonio Salieri y la obertura de Die Zauberflöte de Wolfgang Amadeus Mozart.
Fui sorprendido por la intención de mi novia. Pretendía hallar entre ese montón de partituras del oratorio Judith Triunfante RV 644 .Al no hallarlo, contestó la esperada pregunta. Al igual que Laura, amaba la incomprendida obra del compositor italiano. Al feminismo de M… jubiló esta elección a través de la boca de la mejor estudiante. Yo, mientras, coqueteaba descaradamente con Emilse, la operaria de la fotocopiadora.
El deseo que sentía por esta mujer me obligaba a mostrar mis peores defectos. En consecuencia, podría notarse que V… era parsimoniosa o impávida y su amor por mi aguantaba con dolor cualquier desplante. Ella sabía cuán absurdo era el sacrificio que hacía, mas fuera así o no, no me dejaría.
Mis continuadas infidelidades eran historias sociales y odiados relatos de la facultad. Así, hace dos años salí con N T…, cuando comenzaba mi relación con V…Yo sabía lo inevitable que era la atracción que yo sentía por aquella mujer. Con ella, aprendí lo que significaba el concepto de libertad. Sin embargo, de ella no saqué nada más. Inmediatamente después, con una dama más amorosa y tierna. Jamás V…supo de este desliz que me enseñó lo más puro del corazón humano. No obstante, O… no logró separarme del lado de V…Como había amado ha muchas mujeres, decidí, sin quererlo, el amor de V… Ella fue sublime y con su alma, la mía encontró algo de alivio. Aun amando a mi novia, otras mujeres llamaban mi atención. Algo en mí nunca estuvo conforme con los regalos de mi ENEMIGO. Es decir, mi integridad era incapaz de un poco de agradecimiento. De esa manera, amé a M…, una jovencita de bella mirada, lustrosamente verde. Ésta mostraba con modestia un cabello rubio opaco; ¡cuánta dulzura encontré en ella! De esa infidelidad para la actualidad, me he mantenido fiel, con todo las sombras de aquellas mujeres que aparecieron en mi vida, antes de mi nacimiento, aún me seguían, robándome con misticismo mi querer.
En Napoli, la lluvia no cesaba. Llovía, llovía y llovía. Las calles estaban húmedas y en muchas honduras cabía la posibilidad de mojarse los pies. Los habitantes caminaban con descaro por estas vías, mojándose, con estar acostumbrados a tal desgracia. Nosotros tuvimos que escampar en el centro de copiado en donde trabajaba Emilse; cuando unas gordas gotas bombardearon el suelo. Las destripadas traían a nuestros oídos muchos chasqueos cómicos. Gracioso era para mí el desorden que producían, como el aplauso global o la ovación. Un airecillo trajo un frío glacial, producido por la baja temperatura del ambiente.
El conflicto se “armó” cuando V… vio las furtivas miradas que Emilse me hacía desde el mostrador. Esto es, un cachetadón me golpeó en el rostro. En V… había nacido una cólera miedosa:
- ¿Es que te gusta? ¡Descarado! ¡Cínico!- Me dijo. En el mismo momento, me empujó con su brazo. M…intentó calmarla con argumentos aducientes al lugar y al momento inadecuado. A… veía a Emilse, quien ponía su mano sobre sus labios. Salí del lugar para escapar o evadirme. La lluvia inmediatamente lavó mi cabello crespo y negro. Busqué otro resguardo en el interior del campus. Al llegar al edificio de Filosofía, noté como la humedad había llegado hasta las botas de mis pantalones grises. Aún me dolía el rostro, antes bien lo que más dolía era mi orgullo humillado. Pensaba en la burla de M… y de Emilse.
En la noche trabajaba en la galería. Los pensamientos estaban ocupados en limpiar muy bien los pisos para que, al otro día, el museo estuviera digno para la nueva exposición. Un llamado del conserje deshizo mi concentración en el trapero y me hallé escuchando el llamado. Pregunté al anciano qué quería de mí; este me respondió que me llamaban al teléfono del closet. Respondí al llamado, no obstante nadie habló del otro lado de la línea. Sabía que era V…, arrepentida por el incidente de el centro de copiado. Después de unos largos segundos, colgué la bocina. Por más que la atormentara, ella me amaría, dado que era yo para ella una voz dulce de la conciencia, un enlace entre ella y si misma. De modo que era mi voz y mis palabras las que unían a V… consigo misma.
Ya en casa, pensaba en ella incesantemente. Sólo la voz maléfica de la pintura me separaba de la lánguida sombra de mi amada. Ella era mi sombra y juzgábame a cada acto, fuera bueno o malo. Recordé su belleza y sobre todo su olor. Vale la pena decir que su olor era la esencia misma del clavel violeta y de la picaresca conformación del azahar. Era ella quien había hecho elevar mi estima. Concluirán ustedes que yo no me amaba hasta cuando la conocí. De ahí en adelante, en las lejanías y en las cercanías caminaba con la certidumbre de que alguien me extrañaba en alguna parte. Mi alma estaba salvada del castigo, porque una voz suave y elongada ruega por mí todos los días a él. Santos y vírgenes debían aceptarme en las dulzuras del paraíso, puesto que no hacerlo sería una traición a una intención de un alma bondadosa.
Era otro día para solucionar el conflicto, desde las siete hasta la una recibí todo tipo de conocimientos: El contrapunto de Bach hacía presumir que la condición corpórea del hombre estaba evolucionando; las escuelas italianas- paduana, mantuana y toscana- comenzaban a adoptar las técnicas que Albinoni y, sobre todo, Vivaldi habían adoptado para el violín y las estudios de los músicos franceses sobre las octavas. Sobre mí éstas enseñanzas y las miradas suplicantes de una débil pero amada mujer, dibujaban un mosaico cóncavo, coloreado por joyas lustrosas del día. En un momento previsto, V… me detuvo con su brazo. Pidió una oportunidad para argumentar aquella impulsiva acción del día anterior. Como yo era complacido y clemente, acepté y fui con ella al jardín de Cezanne. Yo miraba el cielo despejado y exhausto de nubes, que sólo borrones de agua nos miraban desde arriba. Escuché a V…pedirme perdón y ella escuchó de mí un: “Si, acepto tus disculpas”
Esa era la rutina de nuestro amor: DELITO-DESCUBRIMIENTO-CASTIGO-SEPARACIÓN- RUEGO-PERDÓN. Aunque quisiéramos evitarlo, no podríamos disociarnos de tal mecánica. No era extraña o rara esta costumbre, teniendo en cuenta que tanto ella como yo veníamos heridos sentimentalmente desde la infancia. No éramos actores, sino eslabones de esa cadena de dolor amoroso que nunca se rompe. Ni ella ni yo nos veíamos lejos de ese dolor. Aun escuchando a M… y a A…, V…le era imposible abandonarme. V… era para mí una cura para mi ansiedad.
¿Cómo celebramos la reconciliación?
Con una comida especial. “Especial” era porque borraba la desconfianza entre los dos. Como escaseaba el dinero, fuimos a comer pizza y refresco. Me importuno el desagradable rechazo de mi novia por la comida servida: ¿Acaso los alimentos hieden?
Caminamos juntos, cogidos de las manos por la calle Via de mille hasta la calle Palazo Dellemmate. Nuestro amor se exaltaba por las luces coquetas de los vehículos públicos. Palabras amorosas pasaban de un oído a otro. Ella me decía:
-Tú sabes que te amo- y yo respondía secamente:
-Yo también-
Nos besamos en Certosa de San Marino, bajo la mirada del Unificador. Yo podía oler el cabello lacio y podía acariciar su rostro suave delicado. En él no había imperfección. Tampoco en su bella mirada lo había. Reíamos de mis chistes y yo de sus anécdotas. Comentábamos nuestras opiniones acerca del mundo. Relatábamos historias infantiles; criticábamos la realidad y ante lo anterior, nos brindábamos afecto y calor.
Una de las razones por las que la amo es porque aleja de mi la soledad. Por ejemplo, tengo ocupación el domingo y la diversión el sábado. Sea una mala experiencia con mi suegra o una buena en el Vasto, siempre había algo que hace. No obstante, el ocio era el ingrediente elemental del tiempo en compañía. ¿Qué hacer si éramos jóvenes, con todo el tiempo y las fuerzas reservadas?
De todas maneras, no era el ocio el que mandaba en estas ocasiones, sino la música. Un lazo fuerte e inmaleables la pintura. Dialogamos sobre los alcances reales de dicha pasión. Ella gozaba contándome sus interpretaciones de canto, basadas en lieder de Schubert y Schumman y yo relatándole los efectos alentadores del violonchelo en mí. En definitiva, nos entretenemos entre sí con largas charlas sobre ese arte.
Mi alma viene pudriéndose desde hace mucho tiempo y por esto he decidido dejar a mi amo. Somos incompatibles, a fuerza de que nuestros destinos van separándose entre sí poco a poco. Ahora bien, será doloroso, pero sobreviviremos; siempre sobrevivimos…La extrañaré, no lo niego; elle se llevará lo mejor de mí. Desgarrado quedo pues solo con mi soledad.

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